Poco después, a principios del siglo XIX, comenzaron a elaborarse los primeros espumosos de segunda fermentación en botella en la península, y a mediados de siglo empiezan a destacar algunos vinos espumosos por su calidad, ganando medallas en certámenes internacionales como en las Exposiciones Universales de París o de Viena.

Como en otros modelos de éxito en el sector vinícola, la plaga de la filoxera de finales del siglo XIX actuó como potenciador en España con zonas en las que no se desarrolló el insecto ya que los productores franceses, sin vino con el que elaborar champagne, tuvieron que suministrarse de las cosechas de elaboradores españoles.

Con la entrada del siglo XX, en Cataluña se produce una importante reestructuración en el viñedo, apostando por uvas autóctonas y otras que se cultivaban en la zona en detrimento de las típicas francesas, habitualmente de ciclo más corto, que obligaba a vendimiar en épocas de calor que comportaban problemas en la fermentación (entonces no había tecnología para vinificar en frio). Más adelante, con el final de la guerra civil, llega otra de las decisiones vitales para el sector, ya que mientras otros países europeos se decantan por sistemas de elaboración basados en una segunda fermentación en grandes depósitos, Francia y España siguen apostando por el método tradicional de segunda fermentación en botella.

En 1932 se empiezan a promulgar normas para regular el sector vitivinícola que modificarán toda la organización legal con la publicación de una ley marco, una serie de normas de rango jurídico inferior y la creación de los Consejos Reguladores. El Decreto del 18 de abril de 1932, crea “el régimen de denominaciones de origen de los vinos” y se completa este Decreto con un Estatuto General del Vino.

Con el Estatuto del Vino de 1932, se regula el sistema de producción de los productos vitivinícolas lo que representa la primera sistematización legislativa que se aplica en nuestro país al sector vitivinícola. Dicho Estatuto define a los vinos espumosos como “los que tienen anhídrico carbónico producido en el seno de los vinos por segunda fermentación alcohólica en envase cerrado, ya sea espontánea o producida por el método clásico de estas elaboraciones o variantes”.

Pero fue posteriormente, en una Orden de 1959, cuando se promulgan las primeras normas españolas sobre vinos espumosos. Fue también en este texto cuando por primera vez en un documento oficial se utiliza la palabra “Cava”, si bien este nombre no tiene todavía la etimología que más tarde le haría definidor de un vino espumoso, ya que, sobre todo en exportación, se empleaba el término champagne (Spanish Champagne en el mercado anglosajón), que hubo de omitirse desde 1960 por sentencia judicial.

Consejo Regulador del Cava

 

 

 

 

La incorporación de España a la CEE el 1 de enero de 1986, supone el reconocimiento del Cava como Vino Espumoso de Calidad Producido en una Región Determinada (V.E.C.P.R.D.), categoría en la que se agrupan todos los vinos espumosos de primera categoría o máxima calidad y que se equiparan a las Denominaciones de Origen y supone en definitiva, el reconocimiento de la CEE, de que únicamente se puede elaborar Cava en el Estado Español y siempre que sea dentro de la llamada “región del Cava”.


REGION DEL CAVA
Actualmente está compuesta por 159 términos municipales de siete Comunidades Autónomas: Cataluña (132), La Rioja (18), País Vasco (3), Aragón (2), Navarra (2), Extremadura (1) y Valencia (1)
Según datos ofrecidos por el Consejo Regulador de la DO Cava el volumen de comercialización se sitúa entorno a los 250 millones de botellas, de las que 150 millones se distribuyen fuera de España (Alemania, Bélgica, Reino Unido y Estados Unidos como principales destinos) y el resto en el mercado nacional.
En cuanto a la extensión de viñedo, actualmente se encuentran registradas 37.700 hectáreas. La variedad de uva Macabeo, con 13.700 hectáreas, es la más extendida de las nueve autorizadas por el Consejo Regulador.